viernes, 4 de octubre de 2013

La tormenta.

Ha sido tan bonito.
Toda la bahía a oscuras, iluminándose cada vez que aparecía un rayo gigante en forma de raíz. O de onda de frecuencia, si era horizontal.
De repente veía las nubes. De todos los azules habidos y por haber.
De repente veía el mar. Y lo oía. Y lo olía.

Los relámpagos parecían estar muteados, no se oía ni un solo trueno. El cielo entero era una pantalla de televisión gigante, de 180 grados y con el volumen al 0. Y ni siquiera había cortinas de lluvia quitando precisión a la imagen. No, no llovía. No, no me mojaba. Es que era perfecto.

¿Por qué no lo había hecho antes?

Ver las tormentas desde la playa es mágico, mágico, mágico.

Quiero vivir bajo ese cielo. Quiero amar bajo un cielo como ese.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Septiembre.

Está a punto de llover.
Es domingo por la tarde y tengo muchas cosas por hacer, pero estoy sentada mejorando mis métodos de procrastinación.
Mi trabajo sobre el Chocolate es como una nube confusa en mi cabeza, todavía falta mucho para que sea una realidad, con páginas que puedan leerse y que den hambre de dulce.
Pronto empezarán los exámenes. ¿Y qué? Pues eso, nada. No he estudiado nada ni entiendo nada.
Creo que el verano me ha atontado. Me quiero estampar contra el suelo.
Escribir aquí parece más productivo que Tumblrear pero es una falacia.
Y hoy creo que también me quiero estampar contra el cielo, pero eso es más difícil.
No tengo tiempo de ir a correr. Hace dos semanas prometí que lo haría cada domingo.
Pero qué voy a correr,
     si ni siquiera tengo tiempo de vivir.

domingo, 28 de abril de 2013

De "jugar" a "juzgar".

Yo juzgo. Y juzgo mucho, y muy rápido, y mal. Y como lo hago solo en mi cabeza, nadie lo sabe. Ni siquiera me paro a pensar nunca que estoy haciendo algo malo. Juzgo y luego olvido que lo he hecho. Es un acto reflejo.
De más pequeña jugaba. Mientras juegas no tienes tiempo de juzgar. Estás en otro mundo, lo bueno y lo malo es más relativo todavía.
Ahora, juzgar es el juego. Ahora veo a las personas y las juzgo.
Va por edades. A los mayores a los que más. Cada palabra que dicen ya es un detonante para clasificarlos de alguna manera. Cómo visten, los gestos que hacen, cómo me miran.
A los niños los juzgo menos. Juzgo sus actos, pero que hagan o digan algo malo, para mí no significa que sean malos. Son puros y fáciles de perdonar. Los niños que hablan usando expresiones de mayores, pierden su inocencia. Esos me suelen caer mal. Creo que yo era así.
A los adolescentes (se me hace raro usar esta palabra), los juzgo a todos de manera diferente. Somos todos tan diferentes unos de otros. Supongo que en realidad todas las personas somos muy diferentes unas de otras, pero desde mi perspectiva, los que menos nos parecemos entre nosotros somos los adolescentes (otra vez). A algunos los juzgo como a los adultos. Esos me caen mal. A algunos los juzgo como niños, suelen ser aquellos con los que no tengo mucha relación. A mis amigos intento juzgarlos poco. Y sobre todo, perdonarlos si creo que hacen algo mal. Pero eso me convierte en alguien muy injusto.
Cuando oigo que alguien quiere estudiar Derecho, me imagino que es una carrera muy aburrida, que no tiene miga, inútil y sin emoción. Pero, ¿qué estoy haciendo, yo, al juzgar? Soy una jueza dentro de mi mundo. Y en vez de condenar a alguien a cadena perpetua, decido que me cae mal. Y una vez decidido eso, todo lo que hace me parece mal.
Soy una mala persona.
Y si todos somos iguales, ¿a mí de pequeña se me perdonaba todo?, ¿qué piensa de mí la gente ahora?, y lo peor de todo: ¿cómo voy a ser de mayor y cómo me juzgarán los demás?

A lo mejor no debería pensar en esto. Tampoco suelo hacerlo a menudo.

martes, 19 de febrero de 2013

Cazadora de recuerdos.

Le venían a la mente a la vez que los suspiros. Felices, tristes, únicos, rutinarios. Recuerdos. Le gustaba recordar, revivir en su cabeza cosas que ya habían ocurrido. Su mayor miedo siempre había sido olvidar. Cada vez que recordaba, deseaba con todas sus fuerzas recordar para siempre. Memorizaba cada detalle. Los colores, los ángulos, los olores, las sensaciones que revivía. Necesitaba una manera, una cámara de recuerdos. Fantaseaba sobre una grabadora mágica capaz de leer su mente. Y de hecho, ella sabía que podía hacerlo. Sabía que era capaz de plasmar sus recuerdos con una exactitud micrométrica. Solo tenía que armarse de valor y empezar a escribir. Coger un bolígrafo y dejar que su mano danzase sobre la hoja. Pero su naturaleza perfeccionista la turbaba incluso antes de ponerse a ello. Empezaba a creer que sus recuerdos no eran suficientes. Que tenía que contextualizar. Que le faltaban detalles. Que al releerlo no entendería nada. Que no iba a servir. Que no era una cazadora de recuerdos. Y que nunca lo sería.

miércoles, 6 de febrero de 2013

"Hablar del tiempo es banal."

Windy. Cloudy. Sunny. Rainy. Hace frío. Tengo calor. Joder, qué viento. Parece que va a llover. ¿Qué tiempo dan para mañana?

Pero no siempre. No siempre es banal hablar del tiempo. "Fenómenos atmosféricos". ¿Fenómenos producidos en la atmosfera? ¿Por la atmosfera?

Es bonito hablar de la lluvia. La lluvia es bonita. La lluvia calma. La lluvia vivifica las emociones. La lluvia es ligera o abrumadora. Te salpica levemente o te cala hasta los huesos. Es bonito ir empapado por la calle. Pero también es bonito ir con paraguas.

Es bonito hablar del viento. El viento es bonito. El viento canta. El viento da golpes. El viento eleva. El viento hace caer. Hace ruidos y te asusta. Pero es tan bonito decir: "Solo es el viento".

Es bonito caminar entre la niebla. Es bonito no ver nada. Es bonito imaginar qué ves. Algodón de azúcar blanco sin sabor ni olor ni sonido ni textura tocable. Y con. La niebla es mágica.

Es bonito el Sol. El Sol es bonito. Es Sol brilla. Acaricia. Abraza. Besa. El Sol da luz. El Sol da ver. El Sol da. El Sol es el Sol. Y ser el Sol, es ser.

¿Qué tiempo dan para mañana?

domingo, 3 de febrero de 2013

Y saltó.

Y saltó. No quiso pensarlo demasiado. Ni siquiera reparó en el Sol panegírico que se ponía más temprano de lo habitual. Mantuvo los ojos abiertos. El escozor que le provocó el aire solo le sirvió para recordarle que no volvería a sentir daño. Un escalofrío le recorrió la espalda y supo que era el último, el último de tantos otros. Una canción que no tuvo tiempo de reconocer sonó en su cabeza. Se notó la boca salada. Las lágrimas ya se habían deslizado hasta sus labios. Fantaseó sobre su primer y último beso. Sonrió. Por primera vez en toda su existencia, se sintió vivo. Justo en el momento en que su corazón dejaba de latir. Fue sorprendentemente fácil y feliz.