viernes, 4 de octubre de 2013

La tormenta.

Ha sido tan bonito.
Toda la bahía a oscuras, iluminándose cada vez que aparecía un rayo gigante en forma de raíz. O de onda de frecuencia, si era horizontal.
De repente veía las nubes. De todos los azules habidos y por haber.
De repente veía el mar. Y lo oía. Y lo olía.

Los relámpagos parecían estar muteados, no se oía ni un solo trueno. El cielo entero era una pantalla de televisión gigante, de 180 grados y con el volumen al 0. Y ni siquiera había cortinas de lluvia quitando precisión a la imagen. No, no llovía. No, no me mojaba. Es que era perfecto.

¿Por qué no lo había hecho antes?

Ver las tormentas desde la playa es mágico, mágico, mágico.

Quiero vivir bajo ese cielo. Quiero amar bajo un cielo como ese.